En la quietud del viento

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Estaba helando, tanto que se me adormecían las manos, pero estaba inmóvil, como si me hubieran aplicado una inyección que neutralizara todo mi cuerpo físicamente. Mi mente divagaba, tal vez en ti, tal vez en papá o mamá, tal vez en todas esas personas que alguna vez hicieron que se me arrugara el corazón. Pero no podía pensar en algo concreto.

Así que vi el árbol, a la mitad de la nada, mientras lo cubría el rocío de la madrugada. El viento celoso de su fortaleza lo abrazaba, haciendo que sus ramas se movieran tanto que caían sus hojas, que eran tan parte de él. Desesperadas, caían lejos de él y quedaban olvidadas, como si nunca hubieran pertenecido allí, a un lugar desconocido, tal vez inexistente.

Y entonces me pregunto:


¿Somos las hojas o el árbol?

TM.

 

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